Juan era galileo, hermano de Santiago, el mayor, y ambos hijos de Zebedeo. Su nombre, típicamente hebreo, significa ‘el Señor ha dado su gracia’ o ‘Dios es misericordioso’. Juan era pescador de oficio, con su hermano Santiago, y con Pedro y Andrés. Junto con su hermano, ambos eran apodados “hijos del trueno” por Jesús, debido a su carácter impetuoso, que se muestra por ejemplo en lo que nos transmitió Marcos, cuando pretendieron hacer descender fuego del cielo sobre la aldea de los samaritanos cuyos habitantes les habían negado la hospitalidad (Mc 3:17).
El apóstol Mateo nos cuenta como Jesús lo llamó junto a su hermano, cuando él estaba arreglando las redes a orillas del lago de Tiberíades: “Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron” (Mt 4, 21).
A san Juan se le distingue como “el discípulo amado” de Jesús. El apóstol era parte del grupo más cercano a Jesús y estuvo con Él, con Pedro y Santiago, en ocasiones muy significativas. Él acompañó a Jesús en las bodas de Caná de Galilea (Jn 2:1-11) y también aparece junto a Pedro y Santiago cuando Jesús, en Cafarnaúm, entra en casa de Pedro para curar a su suegra (Mc 1, 29) y cuando Jesús, estuvo en la casa de Jairo, el jefe de la sinagoga, en el momento en que Jesús resucitó a su hija (Mc 5, 37).
Juan estuvo presente en la montaña con Jesús cuando ocurrió la transfiguración (Mc 9, 2) y también antes de la Pascua, cuando Jesús cuando les confía a él y a Pedro la tarea de preparar el salón para la Cena (Lc 22,8) y está cerca de Cristo, cuando en el Huerto de Getsemaní se retira para orar con el Padre, antes de la Pasión (Mc 14, 33). En la Última Cena recostó su cabeza en el pecho de Cristo, por ello se le llama en griego “Epistehios”, que quiere decir “el que está sobre el pecho”. San Juan fue el único de los apóstoles que estuvo al pie de la cruz junto a la Virgen María, recibiendo del Señor el sublime encargo de tomar bajo su cuidado a la Madre del Redentor. Entre todos los hijos adoptivos de Santa María, san Juan fue el primero: “Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dice al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre.’ (Jn 19, 25-27). Estuvo con Pedro durante el tiempo del entierro de Jesús en el sepulcro y venía con él a ver la tumba. Su gran acto de fe fue cuando vio los lienzos en la tumba vacía, pues como testifica, “vio y creyó” (Jn 20,8).
El propio Apóstol narra que, en los días sucesivos a la resurrección, Juan y Santiago, se encontraban pescando junto a Pedro y a otros más en una noche sin resultados. Tras la intervención de Jesús resucitado, vino la pesca milagrosa: Juan, el apóstol fue el primero en reconocer al ‘Señor’ y decírselo a Pedro. (Jn 21, 1-13). San Agustín en el siglo V comenta que los peces eran símbolo de los cristianos; de hecho “el pez” históricamente fue el primer ícono del cristianismo. Fue Jesús mismo quien usó por primera vez esta figura para simbolizar su propia misión y la de sus primeros discípulos, “yo los haré pescadores de hombres”.
Dentro de la Iglesia de Jerusalén, Juan jugó un papel muy importante en la dirección del primer grupo de cristianos. Pablo, de hecho, lo coloca entre quienes llama las ‘columnas’ de esa comunidad (Gál. 2, 9). Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, lo presenta junto a Pedro mientras van a rezar al Templo (Hch 3) o cuando se presentan ante el Sanedrín para testimoniar su fe en Jesucristo (Hch 4, 13.19). En particular, hay que recordar lo que dice, junto a Pedro, ante el Sanedrín, durante el proceso: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20). Esta claridad para confesar su fe queda como un ejemplo para todos nosotros para que estemos dispuestos a expresar con decisión nuestra inquebrantable adhesión a Cristo, anteponiendo la fe a toda otra situación humana.
Después de la Ascensión del Señor, Juan, en compañía de María, se trasladó a Éfeso en Asia Menor. Fue allí que se convirtió en el pastor de la Iglesia en Éfeso y tuvo una relación directa con otras Iglesias de la zona, lo que sabemos por sus cartas a las siete Iglesias de Asia. También predicó en Antioquía y es muy posible que Juan haya acompañado después a Pedro en Babilonia. San Agustín afirma que Juan predicó a los partos.
Es autor de tres cartas, de uno de los Evangelios y del libro del Apocalipsis y es llamado “el Teólogo” por la profundidad de sus escritos. Aunque no aparece nunca su nombre en el Cuarto Evangelio o en las Cartas atribuidas a Él, el Apocalipsis menciona su nombre en cuatro ocasiones (Apoc. 1,1.4.9; 22,8). Concluye su libro con una última aspiración, en la que late una ardiente esperanza. Invoca la definitiva venida del Señor: “¡Ven, Señor Jesús!” (Apoc 22, 20.) Es una de las oraciones centrales de la cristiandad naciente, traducida también por san Pablo en arameo: “Maranatha”.
Era el más joven de todos los apóstoles. Sobrevivió a todos los demás, y fue el único que no murió martirizado. De acuerdo con san Epifanio, Juan murió pacíficamente en Éfeso hacia el tercer año del reinado de Trajano, es decir hacia el año cien de la era cristiana, cuando tenía la edad de noventa y cuatro años. De acuerdo con los griegos, el lugar de su sepultura en Éfeso era bien conocida y famosa por los milagros que se obraban allí.
Casi siempre se lo representa como un joven sin barba y de pelo largo, por haber sido el más joven de todos los apóstoles. Sin embargo, y sobre todo en Oriente, a veces aparece representado por un anciano de barba blanca debido a que fue el apóstol que más edad alcanzó.
Muchas veces lleva una pluma y un rollo donde se lee el principio de su Evangelio (“In princípio erat Verbum”, “En el principio era el Verbo”). Su atributo de evangelista es el águila, debido a su visión mística elevada. Este atributo es muy antiguo, y el más común de los que identifican a san Juan. Son populares también sus representaciones en la Última Cena, recostándose en el pecho de Jesús; y en el Gólgota, junto a María, al pie de la cruz de Jesús.
Debido a la profundidad teológica de su Evangelio y por haber escrito varios libros del Nuevo Testamento, san Juan es patrono de los teólogos y de los escritores. Su fiesta se celebra el 27 de diciembre, dentro de la Octava de Navidad, lo cual es lógico debido a que se trata del evangelista que nos introduce en el misterio del Verbo encarnado (Jn 1, 14).
La Iglesia oriental le llama simplemente “el Teólogo”, es decir, el que es capaz de hablar en términos accesibles de las cosas divinas, revelando el camino a Dios a través de la adhesión a Jesús. En Oriente goza de gran veneración. En los iconos bizantinos se le representa como muy anciano y en intensa contemplación, con la actitud de quien invita al silencio.
Oración a san Juan Evangelista
Glorioso san Juan Evangelista, a vos acudimos,
llenos de confianza en vuestra intercesión.
Nos sentimos atraídos a vos con una especial devoción
y sabemos que nuestras súplicas serán
más agradables a Dios nuestro Señor, si vos,
que tan amado sois de Él, se las presentáis.
Vuestra caridad, reflejo admirable de la de Dios,
os inclina a socorrer toda miseria, a consolar toda pena
y a complacer todo deseo y necesidad,
si ello ha de ser provechoso para nuestra alma.
Mirad, pues,
nuestra necesidad de conocer al Maestro,
tú que estuviste cerca de Él.
Mira nuestros trabajos y necesidades,
nuestros buenos deseos,
y alcanzadnos que aseguremos cada día más
nuestro conocimiento del evangelio
del que tu fuiste un testigo privilegiado.
PARA CONOCER MÁS SOBRE JUAN APÓSTOL